2013/08/25 11:37 pm Cultural

UNA FAMILIA DEMASIADO BUENA


CINE. Película El conjuro utiliza protagonistas idealizados para crear efecto dramático


UNA FAMILIA DEMASIADO BUENA

Miguel Angel Vallejo
mvallejo@eldiariodehoy.pe

El inicio de El conjuro presenta algunos detalles arquetípicos de películas de terror sobre fenómenos paranormales. Una muñeca embrujada atormenta a unas jóvenes y lo mismo de siempre. Pero esta introducción sirve para enmarcar la trama principal: los esposos Ed y Lorraine Warren (una magnífica Vera Farmiga, a quien disfrutamos como la mamá dominante en la serie Motel Bates) son especialistas en exorcizar a los demonios, y se contará una historia de su trayectoria, basada, además, en hechos reales.
Así se abre la trama de la película. Es 1971 y la familia Perron ha llegado a una casa rural en la que invirtieron todos sus ahorros –siempre es así para que se entienda por qué no abandonan la vivienda maldita– y son demasiado buenos. Mamá y papá que se aman, cinco hijas mujeres juegan felices, incluso la adolescente Andrea, sin mayores peleas. Se toman una foto corriendo en la playa y la madre siente que “ellos son su vida”. La familia Ingalls es poco menos melosa y perfecta que los Perron.
Esta idealización de la familia norteamericana es, para algunos como quien firma esta crónica, melcocha desagradable además de propaganda ideológica que inventa un feliz American way of life. Porque, lo siento, las familias así no existen.
En fin, el tema es que muchos indicios revelan que un demonio habita esa casa, va torturando a la madre llenándola de moretones y a aterrando a las niñas (oh, sorpresa, una de ellas es sonámbula, un detalle repetido mil veces en películas de terror).
El padre sufre al no poder ayudarlas y acude en busca de ayuda a los expertos esposos Warren, de quienes se insinúa han tenido problemas en anteriores trabajos persiguiendo espíritus. Y guardan una macabra colección de objetos donde habitan demonios, pues afirman que es mejor que estén encerrados allí que en la calle.
La destrucción de la belleza
En algunos de sus relatos macabros estableció que las víctimas debían ser frágiles y nobles para aumentar el efecto del terror, por la destrucción de la belleza. Es así en relatos como “Ligeia”, la delgada y débil amante juvenil que va perdiendo su salud. Por eso el espectador no quiere que la maravillosa familia Perron sufra, se preocupa cuando el demonio intenta poseerlos, y se asusta al verlos.
Siguiendo con las teorías de Poe, esto es muy distinto de los hermanos incestuosos castigados en “La caída de la casa Usher”, por quienes el lector no siente demasiado dolor al verlos morir. Este efecto es el más común en las cintas de terror, donde el heterogéneo grupo que entra a un lugar maldito está lleno de conflictos, a veces traiciones, y en el cual siempre habrá varios personajes antipáticos que, honestamente, deseamos ver morir violentamente.
Quizá por ello El conjuro no tiene escenas demasiado violentas, ni chocantes: porque sus productores y director asumen que el público no desea ver sufrimiento y muerte. Esto estaría bien, de no ser porque el manejo del suspenso es mediocre, aunque claro, para los bajos estándares actuales de filmes de terror eso ya es bastante.
Un detalle sí es peculiar: en un momento se hace hincapié en que los niños Warren no están bautizados, lo que complica su “salvación” por medio de un exorcismo. Asimismo, se considera a los exorcismos como verdades absolutas. Y en la biografía de Ed Warren se le presenta como “el único demonólogo reconocido por la Iglesia católica”. Es decir, además de la propaganda al American way of life, hay algo de propaganda religiosa. Debido al éxito de esta primera entrega, es probable que continúe la saga de casos de los esposos Warren.